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Monday, April 9, 2012

Seamos generosos y evitemos la codicia



 

 Job era un hombre generoso y servicial, libre de todo egoísmo y codicia. Por eso pudo decir: “Si [...] los ojos de la viuda hacía fallar, y solía comer mi bocado a solas, mientras el huérfano de padre no comía de él [...]; si solía ver a cualquiera pereciendo por no tener prenda de vestir [...]; si yo agitaba mi mano de acá para allá contra el huérfano de padre, cuando veía que se necesitaba mi auxilio en la puerta, [en ese caso,] que se caiga de su hombro mi propia espaldilla, y que mi propio brazo se quiebre desde su hueso superior”. Job tampoco habría sido fiel a Dios si, en vez de apoyarse en él, le hubiera dicho al oro: “¡Tú eres mi confianza!” (Job 31:16-25).
 

 Estas expresiones poéticas seguramente nos recuerdan lo que dijo el discípulo Santiago: “La forma de adoración que es limpia e incontaminada desde el punto de vista de nuestro Dios y Padre es esta: cuidar de los huérfanos y de las viudas en su tribulación, y mantenerse sin mancha del mundo” (Sant. 1:27). Y puede que también nos hagan pensar en estas palabras de Cristo: “Mantengan abiertos los ojos y guárdense de toda suerte de codicia, porque hasta cuando uno tiene en abundancia, su vida no resulta de las cosas que posee”. Después de dar esta advertencia, Jesús presentó la parábola de un hombre codicioso que vivía rodeado de riquezas, pero murió en la miseria espiritual, pues no era “rico para con Dios” (Luc. 12:15-21). 

Si queremos ser leales a Jehová, no podemos ser codiciosos. En realidad, la codicia es una forma de idolatría. ¿En qué sentido? Cuando alguien desea una cosa de manera desmedida, la convierte en un dios que llega a ocupar en su corazón el lugar que le corresponde a Jehová (Col. 3:5). Como vemos, la codicia y la integridad son incompatibles.




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